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La patrona de la música de Rafael, sencillez y harmonía

Rafael Sanzio (1483-1520), conocido como Rafael de Urbino o simplemente Rafael, fue un artista precoz y humanista, de la época del Renacimiento. Rafael recogió las influencias de los maestros anteriores a él, también del Renacimiento, como Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. Aportó a sus figuras un toque de naturalismo e intimismo espiritual, que hacían de ellas un modelo de belleza ideal y harmonía en su conjunto formal, que fueron muy valoradas en su época y que aún lo siguen siendo, a pesar de los cambios de cánones de belleza del arte actual. Sus obras más representativas serían: "Los desposorios de la virgen", "Madonna de la Silla" y "La transfiguración", pero sería totalmente discutible.

Rafael supo dar una figura visible a las relaciones entre las personas, a las situaciones históricas y a las manifestaciones de lo divino, de tal manera que parecía comprender las relaciones humanas, y que por ello, se le ha comprado a menudo con William Shakespeare. Por otro lado, surgió la escuela ideal-platónica de interpretación rafaelina, mantenida hasta la moderna historiografía de arte, que defendía la teoría de que el acto creativo se producía exclusivamente en la cabeza de Rafael, que según Lessing, Rafael habría sido "el mayor genio de la pintura, aunque hubiera nacido sin manos".

La obra que os presento hoy, "Santa Cecilia", contiene esta paradoja. El retablo se refiere al acontecimiento central de la vida de la santa: durante su boda, a la que había sido obligada por su padre, un patricio romano, oye voces celestiales, mientras que la música de los instrumentos musicales le suena como si estos estuvieran rotos. Por tanto, se trata de una acción interior y exteriormente no debía pasar nada, lo cual explicaría la estructura convencional del cuadro: las cuatro figuras acompañantes, a la izquierda san Pablo y san Juan Evangelista, a la derecha san Agustín y la Magdalena, aparecen una al lado de la otra, sin estar relacionadas entre sí. En la contraposición de sus caracteres causan una disonancia tan grave como los instrumentos que pueden verse rotos en el suelo. Lo importante sucede en las líneas verticales; la mirada de la santa, serena y segura de su fe, se dirige a los ángeles, solo apreciada por ella, y que aparecen en el extremo superior del cuadro.

Santa Cecilia, patrona de la música, en esta obra responde al prototipo de madonna de Rafael, con el rostro relajado y pacífico. La figura de San Pablo bebe de las influencias de los dos maestros citados. Por el color de sus ropajes y su cayente, a da Vinci, y por la estructura fuerte del cuerpo y el rostro expresivo, a Miguel Ángel. Esta obra es del año 1514/1515, fecha que se sitúa casi al final de su carrera artística. Tuvo una trayectoria más bien corta, pero muy intensa y prolífica, y nos dejó una huella de bondad y cordialidad, tanto de su persona como de su obra.

Sandra Sàrrias, 2017

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